Prólogo

Cuando Gustavo Tisocco me propuso que escribiera unas palabras sobre su libro, yo no sabía que estaba regalándome un pasaje para hacer un viaje a través de la belleza. Este viaje comienza desde el primer verso de “Paisaje de adentro” y en una línea que va desde el pasado hasta el futuro más lejano, vamos de la mano de dos compañeras nunca ausentes ni en esta ni en ninguna de las obras de Gustavo: la melancolía y la nostalgia. Pero ellas no son las únicas. También está presente la desazón, la rebelión contra la injusticia, el amor, el desamparo. Cada palabra, el lenguaje en sí mismo, se viste de libertad y, según la fibra de cada lector, puede impactar en más o en menos, pero siempre este libro conmocionará el espíritu y lo fecundará con la perla fértil de la emoción.

A medida que avanzamos nos vamos enriqueciendo más y más. Hay momentos en que el autor parece exiliado de la felicidad; otras lo encontramos en lucha con bestias y ángeles; autor que se desgarra con pérdidas y preguntas que apuntan al misterio. Él puede ser una muñeca despedazada o una lombriz, eterno suelo, pero siempre será ese poeta acuciado por tener una mirada que no descuide ni un resquicio de su paisaje interno iluminado por el farol de la sabiduría y el talento. Pizarnik dijo: “La poesía es el lugar donde todo sucede”. Por eso, en este libro, sucede la vida.

En este viaje pasamos por la estación de la infancia; llegamos al hoy y concluímos en la eternidad : fuerte aroma/ palidez/ la mortaja destiñe mi rostro. A través de esa travesía vemos por momentos el ser de Gustavo hecho añicos y entonces sentimos en nosotros el dolor del poeta que llora desde sus huesos.

Libro de alta poesía, “Paisaje de adentro” está destinado en forma ineluctable a la trascendencia.

Susana Cattaneo


Palabras de Beatriz Schaefer Peña para la presentación de “Paisaje de Adentro”

“En ese lugar,/ ahí, en mi paisaje de adentro,/ mi casa aún es refugio;/mis manos, palabras.” Esos son los versos finales del poema que da inicio a este poemario de Gustavo Tisocco y que se titula, precisamente “Paisaje de adentro”, desde cuya interioridad nos muestra ese largo y doloroso peregrinar, casi siempre acompañado de la soledad como es necesario, hacia la búsqueda de sí mismo. Y entonces es cuando nos revela, desde su voz, las diferentes visiones que se van sucediendo entre recuerdos, aconteceres y una realidad que muchas veces lo hostiga y así sucede que esa, la voz de este joven poeta, se revierte en todas aquellas que lo circundan, como si su propio Yo se multiplicase para proyectarse a ese mundo que, si bien, no le es propio, él lo imagina o lo siente como tal.

Sabemos que con la post-modernidad, la frontera de los géneros se ha extendido hasta rozar lo ambiguo, condición, por otra parte de la Poesía; Gustavo Tisocco ha conseguido, desde estas páginas, salirse de sí y hablar desde esa imprecisa frontera de lo que nos es ajeno pero imaginamos o deseamos como propio. Con metáforas inéditas y algunas veces audaces, él lo traduce así, desde estos versos sueltos: Pobre de mí, muñeca despedazada y también desde este bello poema que dice: Escucha, ladran los perros./ Mi hijo muerto me llama en la bruma. Inmóvil sangra mi útero./ Escucha, gimen los perros. Y vemos que hay como una búsqueda de la integración personal, como si el propio poeta se preguntase, una y otra vez: -“Quién soy yo, realmente”? En todo el poemario se percibe algo así como si el tiempo quisiese escapar de su propia circunstancia para finalmente regresar a la misma y entonces todo se convierte en un círculo cerrado desde el cual no existe ningún disparador posible, ningún “más allá”, como si el Yo del poeta, terminase inmerso en esa individualidad de la cual no puede, a pesar de todo, liberarse. Y esto sentimos, claramente, cuando nos dice: Todos los que he sido/, son las sombras de mi cuerpo añejo, para agregar: Ya no soy más que naufragio.

Y también cuando expresa: Aullido de lobo, salgo de mí y te extravío. Y más adelante: Huérfano de mí soy simple asilo, confundido espectro, para terminar confesándonos de una manera notablemente bella y dolorosa: el lazo se ciñe y huyo/ sacudiendo ramas.

Pero también encontramos, en la lectura de este libro, que más allá de la indagación del poeta, más allá del manejo acertado del lenguaje poético, con su musicalidad ineludible, con versos logrados, no solamente en expresión y ritmo sino también plenos de simbolismos que logran transmitirnos, precisamente, las distintas imágenes que hacen a ese paisaje interior que se va revelando, más allá de todo eso, repito, se levanta imponente, el Eros, ese Gigante del alma imposible de soslayar. Y entonces nos conmovemos, junto con el autor, cuando nos dice: He sepultado este amor, esta adoración,/ este amargo camino,/ tu soberanía,/ mi reptar. El poema sigue pero yo creo que la esencia del mismo está en este sólo verso: Tu soberanía, mi reptar. ¿De qué otra forma dolorosa y breve puede alguien expresar todo lo que hace la condición del abandono? Con síntesis, con una impecable metáfora acompañada del acierto de la imagen, Gustavo Tisocco nos demuestra su destino de poeta verdadero y también se advierte, en todo ese acontecer poético que hace al libro, una especie de exaltación de lo inapresable y de todo aquello que parte de lo subjetivo, como por ejemplo: la evocación de esos fantasmas del alma que componen el pasado: Camino esta soledad/ de despoblados ojos/ del grito ausente/ la lejana infancia, nos confiesa; pero el autor no se queda con la mirada en los antiguos espectros, por el contrario, los proyecta hacia el presente que ya deja de serlo para convertirse en la ensoñación de todo aquello que podría llegar a ser, porque, como dice Raúl Castagnino en su “Fenomenología de lo Poético”: “para que no mueran, el recuerdo personal operará su acción en transporte ficcional, contribuirá a la reelaboración poética, tratará, de alguna manera de intentar su permanencia”. Pero algo más debo decir en este somero análisis de “Paisaje de dentro”, de Gustavo Tisocco, y es que se advierte en su lectura la autenticidad de una voz absolutamente personal e incontaminada, para expresarlo de alguna manera. Él, a lo largo de todo su poemario, es siempre él, sin concesiones, sin sumisión a los modismos del momento.

El libro se cierra con unas breves composiciones que podrían definirse como prosa poética, desde las cuales el poeta se habla a sí mismo o le habla a ese otro que se escucha tras de sí, en un monólogo que revela ese acontecer que le es tan propio y del cual quisiera pero no puede liberarse, reitero.

Para cuando despiertes, dejaré sobre la mesa las velas encendidas, nos dice bellamente casi al cierre de su obra aludiendo, tal vez sin proponérselo, a ese estado de encantamiento que precede al inicio de toda creación, al acto poético en sí. Gustavo Tisocco sabe de la música de las palabras que, desde su voz, nos llega sin altisonancias, con esa claridad que muestra el cuidado del fraseo para que aparezca fácil, espontáneo, sin oscurantismos inconducentes. Celebremos entonces este “Paisaje de adentro” que nos revela a un joven poeta que se perfila en lo perdurable."

Beatriz Schaefer Peña

Buenos Aires, mayo de 2006

Paisaje de Adentro disponible en varios puntos de ventas